De repente, se abrió en el centro de la ciudad como un gran trampantojo. Nadie pensó que pudiera ser cierto, ni él tampoco. Se sentó y comenzó a leer un libro voluminoso:
- He visto aquello... No está mal; pero no hay que olvidar lo de versate mane, ¡Los clásicos, Trifoncillo, los clásicos sobre todo! ¿Dónde hay sencillez aquella... Y recitaba la tierna poesía de Villegas hasta el último verso, con lágrimas en los ojos y agua en los labios...
Tras aquellos trampantojos se escondía la llama del Magistral y la belleza de Ana Azores, los corrillos que comentaban aquella relación, si es que fuera cierta, como una de las tentaciones de San Antonio. Dormía la heroica ciudad, iniciaba el relato, el crujir de las sedas y el roce del manteo áspero rozando los suelos de la catedral; el paso firme del Magistral subiendo los peldaños de piedra hasta lo más alto del campanario. El entorno de despejó a posar su mirada a través del catalejo. De Pas desnudaba Vetusta buscando la figura imposible de la mujer de su deseo.












