De repente, se abrió en el centro de la ciudad como un gran trampantojo. Nadie pensó que pudiera ser cierto, ni él tampoco. Se sentó y comenzó a leer un libro voluminoso:
- He visto aquello... No está mal; pero no hay que olvidar lo de versate mane, ¡Los clásicos, Trifoncillo, los clásicos sobre todo! ¿Dónde hay sencillez aquella... Y recitaba la tierna poesía de Villegas hasta el último verso, con lágrimas en los ojos y agua en los labios...
La pajarilla, hembra menuda y laboriosa, había depositado tres huevecillos menudos, blancos. Los visitaba cada mañana cuando la hembra abandonaba un rato el nido. Nacieron tres pollos que apenas hacían ruido. Al mirarlos, estos abrían sus bocas esperando la comida. Entonces venía la pajarilla y los alimentaba. Una mañana, al acercarme, la pajarilla quieta parecía mirar el nido sin importarle mi presencia. El nido, alborotado, vacío, sin la pollada.












