La fábrica ya ha cerrado. Las chimeneas ya no humean; entonces ya era un centro social que ha mantenido la fachada de ladrillo, y los vanos de los muelles de carga hoy son grandes cristaleras. Hacía poco que el dictador había muerto, pero aún recorría su sombra oscura y siniestra la ciudad. Acababa de leer un libro de poemas de Ernesto Cardenal, de desamor, de desazón por otra dictadura ¡A Tachito!, y escribió un poema y lo metieron preso. Aquella tarde alguien hizo unas pintadas: ¡Viva el sindicalismo! Cuando las vimos fue cuando apareció el coche gris de la policía. Estaba anocheciendo. Nos pararon, nos identificaron, desparramaron nuestras cosas por la acera, nos apuntaron con sus armas. Quietos, contra la pared, silencio sepulcral tan solo roto por unos disparos a lo lejos y la emisora del coche gris. Los policías subieron al coche y sin decir nada se marcharon calle abajo. Mientras, recogíamos nuestras cosas desperdigadas por la acera uno de nosotros habló:
- Dicen que ayer soltaron al hijo de la Madame.
- Sí, eso he oído.
- Seguro que es quien ha hecho las pintadas (silencio).
Volvieron a oírse disparos, esta vez más lejanos y el eco de una sirena de policía o de una ambulancia, fue cuando la noche cabrío por completo la ciudad.











